Comenzó tatuando en un baño del Mercado Central, hoy es un gigante de esta rentable industria

Comenzó tatuando en un baño del Mercado Central, hoy es un gigante de esta rentable industria
Diego Staropoli, fundador de Mandinga Tattoo, hoy es referente en el mundo de los tatuajes en Sudamérica, pero empezó bien de abajo
Por iProfesional
25.09.2021 19.18hs Actualidad

"El primer local era un antro de perdición. Era muy chiquito y parecía una cueva", así recuerda sus inicios Diego Staropoli, fundador de Mandinga Tattoo, quien hoy es referente en el mundo de los tatuajes en Sudamérica.

Pasó de tatuar en un baño del Mercado Central a fundar una de las empresas de tatuajes más importantes de Latinoamérica en un momento donde esta actividad era considerada marginal, logrando superar los prejuicios de la sociedad y de su propia familia.

Mandinga es un estudio de tatuajes con más de 25 años de historia y es uno de los locales más grande de Latinoamérica contando con un staff de 13 tatuadores. Está ubicado en el barrio de Villa Lugano y por sus instalaciones pasan a diario los integrantes de las bandas argentinas más conocidas y famosos de todo el país.

Son los organizadores de la exposición de tatuajes más grande del país, cuentan con una barbería y cafetería y también se encargan de apadrinar 5 escuelas rurales, un hospital rural y hasta tienen su propio equipo de softbol. Diego Staropoli, su fundador, cuenta con orgullo sus logros, pero no se olvida de lo difícil que fue su juventud y de todo lo que tuvo que pasar hasta llegar a donde está hoy.

Joven soñador

Con apenas 14 años, Diego dejó la secundaria por razones personales. Dejó la escuela para colaborar en su hogar. Criar 5 hijos era muy difícil y no alcanzaba lo que yo ganaba", cuenta María Cristina Librini, su madre. Su hermano Mariano recuerda que nunca faltó la comida en casa pero que tuvieron una realidad difícil por lo que tuvieron que aprender a ganarse la vida de muy jóvenes. "Mi primer trabajo fue en un local de máquinas de coser como operarios, también trabajé de cadete, remisero y taxista", recuerda Diego.

Su fanatismo por los tatuajes también nació en su adolescencia. "Cuando tenía 14 años apareció en el barrio un amigo con un tatuaje de los Stone a colores. Me pareció increíble, no era algo común en esa época", cuenta Diego. Tal fue la fascinación por lo que fue en búsqueda del tatuador de su amigo, quién se dedicaba a hacer su trabajo en un baño del Mercado Central, así que se dirigió en grupo a verlo. "Mi primer tatuaje fue en ese baño, y desde que me tatué me enamoré. Salí de ahí con un sueño, algo que nunca había tenido hasta ese momento", recuerda.

A partir de ese momento Diego se obsesionó con la idea de poder vivir del arte del tatuaje. "Me imaginaba tener mi lugar propio donde manejar mis tiempos, dibujar y crear diseños para que alguien tuviera en su piel para toda la vida".

Un oficio marginal

Era el principio de los 90, y más allá de que Diego tenía claro lo que quería hacer, eran tiempos en los que el tatuaje era una actividad marginal. "Estar tatuado representaba haber estado preso. La policía no distinguía entre un tatuaje artístico y uno carcelario", explica Diego. Una situación traumática que tuvo que atravesar fue el enfrentar a sus padres y superar sus prejuicios. Por un tiempo trató de esconder los tatuajes pero un día su padre se los descubrió y la situación llegó a un extremo. "Yo estaba tocando la guitarra, cuando descubrió los tatuajes él me la sacó y me la partió en la cabeza. Me decía que me había arruinado la vida. Mi madre se agarraba la cabeza y estaba preocupada", cuenta.

Comenzar a tatuar

El primer desafío a superar era conseguir una máquina, lo que era casi imposible en esos años. "Para ese entonces yo trabajaba vendiendo golosinas en la calle. Y no paré hasta que pude conseguir y comprarme la máquina", explica Diego.

El primer tatuaje se lo realizó a su cuñado, y luego continuó haciendo trabajos de forma gratuita ya que era la única forma de aprender. No existían profesores y quienes sabían no lo enseñaban, la única manera de progresar era practicar. "Yo compraba melones a escondidas de mi marido para que él pudiese practicar", cuenta su madre. Se dedicó a tatuar amigos y vecinos del barrio, quienes llegaban a hacer colas

"Eran gratis, así que todo el barrio Samoré estaba tatuado por mí. Eran un desastre, hoy los veo y me quiero morir", confiesa Diego. Pero él quería convertir su sueño en un trabajo rentable, por lo que buscó la oportunidad de comenzar un pequeño emprendimiento. Para esa época habían abierto los primeros locales en la ciudad, por lo que entendió que el negocio era tener un lugar propio.

"Empecé a buscar una habitación o una pieza donde pudiera seguir tatuando, pero al llegar a una vieja galería de Lugano encontré un local muy chiquitito, gasté mis ahorro, vendí las pocas cosas de valor que tenía, junté unos mango y lo alquilé", cuenta. Logró abrir su local pero no tenía dinero para equiparlo y el negocio no tenía un aspecto muy seguro por lo que los primeros tiempos fueron muy difíciles. "El local parecía una cueva. El 50 por ciento de mis clientes eran ex convictos", cuenta. La situación nunca mejoró y al cabo de un año tuvo que cerrar.

Tatuar en un baño

Diego tuvo que atravesar su primer fracaso cerrando el local, pero esto no lo frenó. Decidió continuar tatuando en el mismo lugar donde él se había hecho su primer tatuaje: el baño del Mercado Central. "Diego recordaba la cantidad de plata que hacía el hombre que trabajaba ahí y calculaba que poner un puesto ahí iba a funcionar. Pero era realmente marginal y muy peligroso", recuerda su hermano Mariano, que en ese momento comenzó a tatuar también.

La situación en el Mercado Central se volvió cada vez más complicada y mantener ese negocio se hizo insostenible. "Yo le decía que se olvide del tatuaje y busque otra cosa. En ese momento no teníamos un peso. Fueron tiempos de no tener ni para el colectivo, de tener que romper alcancías y a veces no tener para comer. Son cosas que las sabemos sólo él y yo" recuerda su mujer.

Diego Staropoli, fundador de Mandinga Tattoo, quien hoy es referente en el mundo de los tatuajes en Sudamérica

No bajar los brazos

En cuanto pudo volvió a alquilar un pequeño local en una galería de Villa Lugano. "Lo primero que tenía que hacer era cambiar la cerradura y ni eso me alcanzaba. Mi vieja me dio las monedas que había juntado en una alcancía para ayudarme", recuerda.

El día que abrieron el local, un vecino tuvo que prestarle un cable porque no tenían luz. Desde ese momento el negocio pasó a llamarse Mandinga Tattoo. Para ese momento Diego y su hermano Mariano ya eran tatuadores con experiencia, y el tatuaje poco a poco comenzó a popularizarse. Gracias a esto la situación fue diferente y las cosas empezaron a funcionar.

"Nos empezó a ir bien, un amigo logró importar tintas y maquinas. Empezamos a trabajar y aprovechamos para equiparnos", cuenta Diego. Con las primeras ganancias que generó el negocio decidió hacer gorros y calcos para aprovechar el nombre que se había generado "Ya había dejado de ser un local de convictos. El nombre se volvió más fuerte que el espacio físico. El local empezó a quedar chico y decidimos buscar uno más grande", explica.

Apostar por el negocio

Buscando el crecimiento del negocio, Diego comenzó a buscar un espacio más grande y viendo que la cosas estaban yendo bien pensó que era momento para comprar su propio local. "Yo siempre soy más cuidadosa y él es más osado. Le propuse que compraramos un departamento propio, pero él me dijo que con el local nos íbamos a comprar nuestra casa", cuenta su mujer.

A pesar de ser muy joven, Diego se abocó de lleno a trabajar y gracias a su esfuerzo terminó de pagar el crédito que había sacado para comprar el negocio. Ya se había vuelto propietario y además se iba transformando poco a poco en un referente del tatuaje en Argentina. "Habíamos metido mucha publicidad y habían venido a tatuarse los miembros de Animal, Kapanga y La Renga. Nos volvimos un local muy rockero", explica.

Los próximos años fueron de crecimiento, mudanzas, ampliaciones y de lucha por darle un marco legal a la actividad. Llegaron a tener un programa de televisión y a organizar la primera convención de tatuajes de Argentina. Diego era cada vez más ambicioso y quiso llevar la Tattoo Show del Hotel Bauen, donde se había realizado por 8 años, a La Rural, arriesgando mucho en el camino.

"Había que llegar a meter mucha cantidad de gente para alcanzar a cubrir los gastos. Si me iba mal me fundía y me tenía que volver a tatuar a los baños del Mercado Central" recuerda. En medio de la organización, los miedos comenzaron a invadirlo y estuvo a punto de suspender todo. Ahí fue cuando su mujer lo motivó y se dispuso a ayudarlo a llevar el proyecto adelante. "Ella salía de su trabajo a las 3 de la tarde y se quedaba trabajando conmigo hasta las 4 de la mañana para organizar todo. Fue casi un año así" explica Diego. La expectativa era llevar adelante la exposición sin fundirse, pero el resultado fue muy superior. "No solo que la expo salió espectacular, sino que económicamente fue impensada", cuenta. Con el dinero que lograron recaudar por este proyecto, pudieron comprar el local donde está ubicado actualmente Mandinga, convirtiéndose en uno de los salones de tatuaje más grande de Sudamérica.

El trabajo más dificil

Mandinga Tattoo tiene mucha presencia en las redes sociales, contando con miles de seguidores. Hace unos años, por sugerencia de uno de sus seguidores, Diego se entera de un tatuador extranjero que por la semana del cáncer de mama, había realizado una campaña para realizar tatuajes de reconstrucción estética para personas que habían sufrido esta enfermedad.

"Mi vieja tuvo cáncer de mamas, mi abuela falleció por cáncer de mama y mi padre falleció por cáncer. Así que decidimos hacerlo y no como campaña publicitaria, sino gratis como homenaje a mi abuela, a mi vieja y a mi viejo", explica. Decidieron abrir una cuenta en Facebook para difundir la campaña y para las 12 de la noche 1 millón de personas le habían puesto "Me Gusta". "Automáticamente al otro día comenzaron a pedir turno. La primera mujer que vino se llamaba Lidia, nunca supo que era la primera y estaba aterrada. Ella no sabía que yo también. Tatuajes hice millones, pero este era distinto", confiesa. Actualmente más de 400 mujeres pasaron por Mandinga Tattoo y es un orgullo tanto para la empresa como para la familia de Diego.

Mandinga Tattoo hoy es una realidad que fue posible por el esfuerzo de Diego Staropoli que nunca bajó los brazos en vista de hacer realidad su sueño de convertir lo que lo apasionaba desde joven en su forma de vida.

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