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En la revancha, hubo una leve ventaja para Macri, que se sintió más cómodo al correr el foco hacia la corrupción K

En la revancha, hubo una leve ventaja para Macri, que se sintió más cómodo al correr el foco hacia la corrupción K
Esta vez, con una agenda menos centrada en la economía, el presidente pudo encontrar flancos para criticar a Fernández, que se mostró menos punzante
Por Fernando Gutiérrez
21.10.2019 06.40hs Política

Acaso haya sido el entusiasmo que le provocó el multitudinario acto del sábado en la avenida 9 de Julio tras su gira por el interior. O tal vez el hecho de estar mejor "coacheado". Quizás haya sido que le tocó un temario más amable o que el sorteo lo benefició al darle la chance de hablar casi siempre después de su adversario.

Lo cierto es que Mauricio Macri encaró el segundo debate presidencial con una actitud muy diferente de la que había mostrado en el primero. Agresivo, crítico, menos apegado al libreto y con mejores reflejos para improvisar respuestas. Y, sobre todo, dispuesto a atacar los flancos débiles de Alberto Fernández.

En un intercambio picante, intenso, plagado de acusaciones, el presidente terminó un poco mejor que el candidato peronista, que si bien repitió algunas fórmulas que le habían dado buen resultado en el primer debate, esta vez estuvo menos punzante y por momentos algo nervioso.

Si fuera una crónica boxística, podría decirse que en una pelea en la cual ambos lanzaron gran cantidad de golpes, los de Macri llegaron más plenos y lastimaron más.

Porque, en definitiva, los grandes momentos de Alberto Fernández fueron cuando atacó a Macri por ciertos temas que sólo tienen el efecto de reforzar la convicción de los kirchneristas. Hablar de irregularidades en las autopistas o los parques eólicos, del dinero que blanqueó su hermano o de la deuda del Correo difícilmente haga que un votante macrista revea su decisión. Lo mismo respecto de la coparticipación federal de impuestos o de la forma en que se relaciona el poder ejecutivo con el judicial.

En cambio, Macri apuntó a la línea de flotación del discurso kirchnerista. Por ejemplo, recordó la inundación de La Matanza, ahí donde la oposición tiene uno de sus grandes bastiones. Recordó que en 2013 hubo decenas de muertos en la trágica inundación de La Plata que ahora, gracias a las obras de infraestructura, soportó la intensa lluvia sin inundarse.

Habló también sobre cómo la política energética kirchnerista había llevado a los apagones continuos o cómo no hubo crédito para la vivienda durante el gobierno de Cristina Kirchner. Y a ninguno de estos argumentos Fernández respondió de manera directa.

Fernández, en terreno incómodo

Así como en el primer debate Macri sabía que sería el blanco de todas las críticas, porque un bloque estaba destinado al tema de la inflación, ahora Alberto sabía que le tocaría a él aguantar los embates, a la hora de hablar de la corrupción.

Fue munido para ello de argumentos de contraataque, al mencionar las causas que le esperan a Macri si es derrotado y deja su cargo. Pero lo cierto es que en ningún momento negó la existencia de corrupción durante la administración kirchnerista.

Apenas esbozó un intento de defensa personal al recordar que cuando tuvo diferencias se fue del gobierno en 2008. Un argumento que sonó a admisión tácita de que las acusaciones son fundamentadas.

Pero aun así, no logró escapar del todo a las acusaciones que lo incluían en el lote con Julio De Vido, José López, Lázaro Báez y compañía. Le jugó como un efecto boomerang su frase de esta semana en la que decía que Cristina Kirchner y él eran lo mismo –una frase que le cayó como una bendición a Macri, dispuesto a explotar a fondo el factor CFK-.

Y también Fernández pareció acusar el golpe que no le propinó Macri sino José Luis Espert, quien le preguntó de manera directa: "Usted, que era jefe de gabinete, ¿no vio nada?".

Es una pregunta muy incómoda para un candidato, porque si responde que, efectivamente, no vio nada, se expone a que lo critiquen por haber sido ineficaz en su tarea de supervisión y contralor como jefe de los ministros. Si responde que sí vio, naturalmente, se autoincrimina, más allá de que pueda esgrimir sus diferencias políticas con el final del gobierno kirchnerista.

Es por eso que, arrinconado, cuando se puso sobre la mesa la discusión sobre corrupción, Alberto se concentró en su defensa personal, al recordar que él no tiene citaciones de la Justicia. Otro argumento débil, porque lo lleva precisamente al terreno donde Macri juega cómodo: si la principal virtud de Fernández es no tener causas judiciales, entonces por contraste admite que la situación de Cristina, con sus múltiples procesamientos, sí es criticable.

En definitiva, fue un tema en el cual Alberto no pudo ocultar su incomodidad, que dejó entrever en frases como "no me dé lecciones de decencia".

Del otro lado, Macri sólo pareció alterado cuando mencionó el "mal gusto" de que Fernández hubiese aludido a su fallecido padre Franco. Pero, más allá del enojo, la situación no pareció sacarlo de su eje.

Esta vez, las frases fueron de Macri

Macri nunca se caracterizó por ser un buen orador. Más bien al contrario, sus problemas de dicción y cierta dificultad para articular el discurso ha sido objeto reiterado de burlas por parte de sus adversarios, que lo contraponen a la habilidad retórica de Cristina Kirchner.

La primera parte del debate parecía ratificar el peso de esa desventaja, dado que Alberto había explotado a fondo las virtudes del buen polemista. Relajado, haciendo buen uso del lenguaje corporal, rápido para las respuestas y usando fórmulas de efecto, había ganado con claridad.

Sin embargo, en este segundo capítulo los roles parecieron haberse invertido. Alberto, que en la primera etapa se había lucido con frases como "El presidente no deja de sorprenderme" o "yo me pregunto en qué país vive Macri", esta vez estuvo más apagado, más atento a defenderse de los ataques.

Acaso la acusación que durante la semana había hecho el macrismo, en el sentido de que el estilo discursivo de Alberto connotaba cierta soberbia o autoritarismo –el mismo hizo referencia al asunto del dedo índice levantado- haya hecho algo de mella. Por momentos, se vio a Fernández demasiado pendiente de no perder la compostura.

De hecho, hasta en la temática del desempleo, salvo por su atractiva chicana sobre la "uberización de la economía" y la de "monotributistas que se suben a bicicletas", estuvo falta de profundidad, porque también allí el presidente contraatacó al hablar del estancamiento del empleo durante el kirchnerismo.

Macri, en cambio, fue quien se lució con algunas frases que evidentemente ensayó durante la semana y que estaban destinadas a ser replicadas en las redes sociales.

"Nosotros somos distintos a ellos", "el kirchnerismo es así, no cambia más", "es indignantes escucharlos ahora hablar de la pobreza", fueron fórmulas que el presidente repitió toda la noche, en una clara estrategia de plantear un "ellos versus nosotros" y, sobre todo, de rebatir críticas a su gestión por la vía de recordar los problemas del gobierno kirchnerista.

Es cierto también que en este segundo debate el temario resultó mucho más cómodo para Macri y no tan amigable para Fernández. A diferencia de la primera etapa, cuando el tema central había sido la economía, ahora la agenda privilegió las cuestiones institucionales y las obras de infraestructura.

Es decir, todos terrenos en los cuales Fernández se exponía a duras críticas por los problemas energéticos del kirchnerismo y por la ausencia de crédito hipotecario. Alberto apenas se sintió más suelto al hablar de la inseguridad, porque ratificó la argumentación garantista sobre el accionar de la Justicia y de la policía, pero se trata de puntos donde él es consciente de que apenas logrará ratificar las adhesiones de su militancia.

Hubo otra vez un momento en el que el candidato peronista pudo usar a su favor la situación de la pobreza, pero esta vez Macri contraatacó con su argumento preferido: que la pobreza no debe medirse solamente mediante ingresos -un indicador que fluctúa mucho por la inflación- sino también por las condiciones de vivienda y servicios públicos en las que vive la gente.

Fue ahí cuando pudo hablar de las obras públicas, de urbanización de villas y de los avances en los temas de inundación, una temática que particularmente esta semana resulta incómoda para el kirchnerismo, dada la inundación del conurbano.

Tal vez el mejor momento de la noche de Fernández -que hizo recordar al primer debate- fue cuando tuvo rapidez de reflejos para ironizar sobre que Macri se había enterado en los cinco minutos previos que los deudores de créditos UVA tenían problemas para pagar.

Pero en general se vio al candidato opositor menos punzante y hasta algo dubitativo. Sorprendió que en su minuto final –cuando el sorteo lo favoreció con el cierre del debate- no se concentró en castigar a Macri sino en una convocatoria a superar la grieta y en una alusión poética –cortesía de María Elena Walsh- a volver a levantar al país.

La intención de Alberto parece haber sido la de transmitir una imagen de presidente electo que ya se ocupa más del futuro que de las chicanas. De todas formas, fue sugestivo que, una vez más, hizo algunos "guiños" a Roberto Lavagna, como para asegurarse que, si fuera necesario, contará con los votos del candidato ubicado en tercer lugar.

Macri, en tanto, lució contento por el envión anímico de sus actos multitudinarios, que lo convencieron –o al menos eso se empeña en transmitir- que la "hazaña" del balotaje aún es posible.

El rating volvió a marcar un respetable nivel en torno de 32 puntos, lo cual parece contradecir algunos comentarios previos en el sentido de los poco útil de estos debates ante los ojos de la población.

Lo cual no significa, claro está, que haya votantes que puedan cambiar su intención de voto. Las encuestas, de hecho, afirman que es apenas marginal el porcentaje de quienes revisan su postura previa. Pero en una campaña tan pasional nadie quiere dar una ventaja por las dudas.

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